HASTA SIEMPRE, MISTER

El adiós al Indio Solari

Un hombre de 46 años va llegando a su trabajo cuando, en la pequeña televisión del kiosco de la esquina, ve el titular del fallecimiento del Indio Solari. Seguía a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota desde los 90 porque una novia se los había mostrado. Una mujer, un poco más joven, escucha una charla ajena entre dos personas: “¿Viste que murió el Indio?”. Ella había agarrado la ola de Los Fundamentalistas porque un amigo le había regalado un CD. Otro hombre, que siguió a Los Redondos desde los inicios, cuando tocaban en bares de mala muerte, escuchó por la AM la noticia cuando todavía no estaba confirmada. Compartía esa pasión ricotera con su primo. Automáticamente, los tres rompieron en llanto. 

No hay ninguna palabra exacta o reflexión que se pueda acercar a describir a Carlos Alberto “Indio” Solari. Pero, en un tímido y respetuoso intento, se podría entender al Indio no solo como un cantante, sino también como el mesías de una religión que le excedía. Fue el líder de aquella condición llamada “ricotera”. 

Porque el Indio puso en canciones lo que muchos no se animaban a decir, o no sabían incluso cómo formularlo. Le puso acordes a las broncas y a las injusticias. El Indio hizo que el abogado y el ladrón se abrazaran, cantaran y se emocionaran por la misma causa.

Es que Solari logró algo que muy pocos artistas logran: aunque uno crea que nunca ha escuchado ninguna de sus canciones, conoce casi todas sus letras. ¿Habrá alguien que no sepa cómo suena la melodía de “No lo soné” o cuánto cuesta vivir?

La partida del exlíder de Los Redondos nos deja desamparados en el vacío, en un estado de orfandad absoluta, porque, sin quererlo, el Indio sirvió como el guía perfecto para los momentos más complicados de la vida de cada uno, así como un padre y una madre, o un hermano mayor. 

Sobre la muerte del Che Guevara, el poeta y escritor uruguayo Mario Benedetti escribía: “Así estamos, consternados, rabiosos. Aunque esta muerte sea, uno de los absurdos previsibles”, y quizás la partida del Indio calza a la casi perfección con estas palabras. 

El Indio es amor. Es cuando vos ves que las multitudes se juntan espontáneamente, independientemente del credo, para hacer la ceremonia ricotera”, decía un hombre de cerca de los 70 años en el adiós a Solari en la Plaza de Mayo.

Y así como lo describió aquel hombre, en la plaza lindante a Casa Rosada se reunieron miles y miles de personas, de todo tipo de origen, ya sea económico, social o de cualquier índole. Porque el Indio logró que el más rico se diera la mano con el más pobre. 

La autoconvocada y proclamada “Misa” que se dio Plaza de Mayo albergó a fanáticos llorando y cantando por el exlíder de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Y el clima era curioso. Porque, de reventar las cuerdas vocales al cantar algún éxito ricotero, mirando al cielo y con el puño en el aire, brotaban lágrimas imposibles de controlar, lo que resultaba en un canto cortado y roto. 

El Indio Solari resultó ser un hilo transversal para todo tipo de edades, géneros y orígenes. Llevó sus letras a donde aún no llegaba el agua corriente e hizo de la música una religión.

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