Por Frano Muschietti
Cuando Perry Farrell creó el Lollapalooza en 1991 fue para darle un marco festivo y grandilocuente a la gira despedida de Jane’s Addiction, su banda de aquel entonces. Fue un recorrido por veinte ciudades entre Estados Unidos y Canadá con un lineup centrado en artistas emergentes de rock alternativo, rock industrial y algo de rap. Inmediatamente se convirtió en un evento anual y pronto sumó a su cartelera a artistas de renombre y varios sponsors, lo que generó algo de rechazo entre los más puristas de la escena independiente. Para cuando se estableció como un festival fijo en vez de un tour, la propuesta ya incluía actos no musicales, experiencias inmersivas y actividades culturales, aunque siempre dentro de la misma línea artística.
La década del 2000 amplió la diversidad de estilos de los artistas y la impronta original fue lentamente quedando de lado. Para cuando el Lollapalooza llegó por primera vez a la Argentina en 2014, los artistas principales fueron algunos de los que Ferrell había convocado a comienzos de los ‘90, como Nine Inch Nails o los Red Hot Chili Peppers. Una década después, los headliners fueron Olivia Rodrigo, Shawn Mendes y Justin Timberlake. La edición de este año, con Sabrina Carpenter a la cabeza, dejó en claro que el Lollapalooza ya no es un festival de rock alternativo sino que es una promoción de pop juvenil. Por suerte, todavía hay espacio para artistas como Turnstile.
Cuando se llevó a cabo el primer Lollapalooza, la mayoría de los integrantes de esta banda estadounidense tenían poco más de un año de edad. La menor de ellos ni siquiera había nacido. Sin embargo, podrían haber acompañado a Jane’s Addiction en su última gira o haberse codeado con Primus y Rage Against The Machine sin ningún tapujo. Sus raíces hardcore punk contrastaron ásperamente con la sutileza de los artistas que los rodearon en la noche del viernes en el Hipódromo de San Isidro. Un baterista, Daniel Fang, que ya arrancó el show en cuero pegándole a la batería con todas sus fuerzas, botellas vacías (y no tanto) que pasaban volando sobre las cabezas de la gente hasta caer sobre algún desprevenido y el único pogo real de la noche, con una buena olla a los pies del cantante Brendan Yates, derrumbado la creencia infantil de que un pogo son solamente muchas personas saltando juntas prácticamente sin contacto físico.
En el festival de la estética pretenciosa, la puesta en escena de Turnstile fue más que simple, centrándose en una iluminación a contraluz que dejaba ver en contraste las siluetas de la banda completada por el guitarrista Pat McCrory, el bajista “Freaky” Franz Lyons y la guitarrista Meg Mills. El complemento fueron unas visuales simples, similares a la señal de ajuste de un televisor, alternadas con imágenes de un público entregado al apogeo de la intensidad. Muchas remeras de bandas grunge, manos haciendo cuernitos rockeros y muchos niños y niñas agitando la cabeza acompañando el acelerado tempo de las canciones.
Si bien Turnstile tiene cuatro álbumes y varios EPs en su haber, la lista se centró prácticamente en su totalidad en sus últimos dos discos: Glow On (2021) y el más reciente, Never Enough, editado en junio del año pasado. Fue la canción ‘Never Enough’, track que da comienzo al disco homónimo, la que inauguró el show con la tensión de las cuerdas que anticiparon la salida a escena del quinteto. ‘T.L.C. (Turnstile Love Connection)’ y ‘Endless’ completaron una introducción arrolladora. “¿Están bien? Muchas gracias a todos por estar acá. Nuestra banda se llama Turnstile, ¡qué bueno estar de vuelta!”, fue la primera interacción directa de Yates con la audiencia, que retribuyó con el clásico “olé, olé, olé, olé… Turnstile, Turnstile…” de rigor.
Aunque no fueron muchos los intercambios de palabras de la banda con el público fue evidente desde el inicio la simbiosis energética entre ambas partes. Se notaba lo bien que la estaban pasando los músicos arriba del escenario y lo mismo se puede decir de quienes estábamos abajo, magnetizados ante el despacho de canciones sin parar. ‘Drop’ fue la única correspondiente al primer álbum de la banda, Nonstop Feeling (2015) y ‘Seein’ Stars’ cortó la intensidad para otorgar un breve respiro con la aparición de una bola de espejos en plan trance de discoteca antes de encarar el tramo final del set.
El pogo durante ‘Blackout’, uno de los últimos temas, fue un tributo a las viejas épocas con objetos de todo tipo cruzando el aire, incluso algunas prendas de ropa que ya habían perdido a sus dueños. Una hora duró la participación de Turnstile pero me hubiera encantado que se extendiera un poco más, a riesgo de espantar a algunas de las fans de Tyler, The Creator que ya empezaban a arrimarse al escenario principal para lo que sería el plato fuerte de la noche. Pero la misión de la muchachada de Baltimore ya estaba cumplida. Con Turnstile sobre el escenario, al menos por un rato nada más, “el Lolla” se pareció bastante al Lollapalooza.
