NORAH JONES EN ARGENTINA: ENDÚLZAME LOS OÍDOS

¿Quién dijo que no se puede encontrar el amor en la oscuridad?

Nueva York es una de las mecas del jazz y el soul, dos géneros musicales con los que se identifica una norteamericana de 40 años llamada Geethali Norah Shankar Jones o, simplemente, Norah Jones. Por tercera vez, la pianista cautivó al público argentino y demostró que la versatilidad para incursionar en diferentes estilos es uno de sus puntos fuertes. El Movistar Arena, flamante coloso construido en el corazón de Villa Crespo, fue el lugar ideal para recibir a la hija de Ravi Shankar: con todo el gentío sentado y un sonido impecable, el moderno anfiteatro potenció el contundente recital de Jones, el cual duró poco más de hora y media.

Begin Again (2019) es su séptimo álbum de estudio, el cual significa un quiebre en la vida profesional de la cantante. A este capítulo en su carrera podríamos llamarlo “El amor después del amor”, citando al genial Fito Páez. Las similitudes con la obra maestra del rosarino son llamativas: dentro de este largo recorrido simbólico que tejió la artista de ascendencia india nos encontramos con corazones rotos, reencuentros inesperados, momentos de resguardo y la oportunidad de mezclar y barajar de nuevo.

El siete es un número recurrente en esta historia, ya que es la cantidad de años que nos separan de la anterior visita de Norah a Argentina, más precisamente al Luna Park. En esa época se encontraba presentando Little Broken Hearts (2012), uno de los trabajos preferidos entre sus seguidores. Con menos pop que aquellos tiempos y un rostro que aparenta (como mínimo) diez años menos a su edad real, la morocha cuarentona arrancó pasaditas las 21:15 con una delicia: ‘Just a Little Bit’.

Fue una noche perfecta para invitar a esa persona que nos mueve la estantería con el fin de declararle nuestros sentimientos más íntimos. Solo había que dar el puntapié inicial: Jones hizo el resto. ‘It’s a Wonderful Time for Love’, ‘Those Sweet Words’, ‘Come Away With Me’ y ‘My Heart is Full’ conformaron la columna vertebral de un setlist compacto, distendido y de ensueño para los que creen en el amor (y para los que no creen en él, también).

“El clima no fue de desenfreno ni de vértigo: se trataba de una mujer y su piano cantando con el corazón al desnudo”

 

Thank you, muchas gracias”, fue el latigillo que usó la americana en varios pasajes de la noche, y hasta tuvo tiempo para pedir disculpas por darle la espalda al público al momento de tocar al piano. En ‘Waiting’ se calzó la guitarra eléctrica, pero sin intenciones de rockearla: la tónica jazzera y la atmósfera tenue, acompañada por un contrabajo sutil y una batería mansa, fueron innegociables. Durante la mencionada ‘Come Away With Me’ coqueteó con la psicodelia, algo que puede parecer impropio para quien no presenció el show, pero que los asistentes disfrutaron y celebraron.

Merecen una mención especial las dos canciones que interpretó y que pertenecen a Jesse Harris & The Ferdinandos (Diez años los separan, pero el jazz y Nueva York los unen de por vida): ‘I’ve Got to See You Again’ y ‘Don’t Know Why’ nos transportan a los bares más tradicionales de dicha ciudad, como Birdland, Smalls y Dizzy’s Club.

Para los bises, llegó el tercer y último cover (‘Black’, de Danger Mouse & Daniele Luppi) y la frutilla del postre, en forma de éxito inoxidable, llamada ‘Carry On’. Aquellos noventa y pico de minutos se pasaron volando. Sin embargo, el clima no fue de desenfreno ni de vértigo: se trataba simplemente de una mujer y su piano cantando con el corazón al desnudo. Cuando el amor es el que manda, el tiempo viaja a la velocidad de la luz y puede derrotar a todos los miedos que nos impiden disfrutar de los mejores momentos de la vida.

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