KING GIZZARD: MÁS RUIDOSOS QUE NUNCA

Un cierre psicodélico para Lollapalooza 2024

Imagen ilustrativa

Los tickets para el sideshow de King Gizzard & The Lizard Wizard en el Teatro Vorterix se agotaron apenas instantes después de salir a la venta. En un formato de misa psicodélica, cientos de personas hacían fila aguardando por ingresar, con decenas sin entrada intentando conseguir alguna. El último sideshow de Lollapalooza 2024 generó expectativa como pocas veces hemos visto.

En una previa perfecta, los Winona Riders dejaron la mesa servida para un festín lisérgico. Fecha a fecha su despliegue en escena parece tener mayor cohesión, un viaje del que ya todo el ambiente del rock está al tanto. Al compartir un público similar, se sintió como una breve fiesta, la entrada ideal por un sexteto psicodélico argentino para un sexteto psicodélico australiano. 

Ya en ese entonces el teatro vibraba, de manera literal: el volumen parecía excesivo para una acústica que deja mucho que desear, pero eso fue meramente un calentamiento, los decibeles eran extremos al momento en que King Gizzard hizo sonar la primera nota. Semejante potencia parecería corresponder a un estadio más que a un teatro, el volumen era excesivo incluso para quienes usaban tapones en sus oídos. A eso hay que sumarle que la primera media hora fue un recorrido por la parte más intensa de su catálogo. Entre el death metal y el progresivo más brutal, no dieron respiro.

De todos modos, una de las características que más los hace conectar con su audiencia es su versatilidad. No son simplemente una banda de neo psicodelia ni de metal progresivo; por ende en diferentes pasajes parecía que se había subido una nueva banda. En ese sentido, en un momento más relajado se vivió una situación inédita, el tipo de oración que jamás pensaste leer. El guitarrista Stu Mackenzie descolgó su instrumento, y entonces buscó entre sus amplificadores un pequeño estuche. Se empezó a sentir una ovación, una asociación mental de que estaba buscando y que vendría a continuación. En efecto, se trataba de una flauta, junto a la que el público coreaba cada nota de ‘Hot Water’ con devoción, en una versión muchísimo más desenfrenada que la que encontramos en I'm In Your Mind Fuzz (2014)

Ya para ese entonces el volúmen parecía un poco más controlado. ¿O será qué los oídos se acostumbraron a tal agresión? Sea como sea, el encanto del público no frenó un instante. Numerosas personas eran acompañadas hacia el fondo, descompensadas por el calor y empapados en sudor. La intensidad prevaleció y se sintió sobre el escenario: Joey Walker se quitó su remera, ganándose varios chiflidos coqueteando, mientras que Ambrose Kenny-Smith buscaba aire en un ventilador a metros suyo. Con un extenso jamming acompañaron ese sentimiento, en lo que parecía un blues del desierto australiano. Largos y secos caminos que recorremos con la repetición de la base, plagados de una fauna que podría matarte en un instante, representada en los detalles que se sumaban sobre el tema. Aquí fue donde justamente Ambrose dejó los sintetizadores y teclados, tomando en sus manos el saxo, dándole otra dirección al viaje.

Es complejo delimitar dónde termina una canción y empieza la siguiente. Fue una presentación íntegra de la obra de uno de los grandes grupos del siglo XXI. Una noche que dejó enamorados a los melómanos porteños, ya tenemos un fiel candidato al show del año.

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