Ver a Lindsey Stirling en vivo en el Gran Rex, tras 9 años de su última visita, fue una experiencia increíble. Al comenzar la velada contó que estaba enferma y que no se sentía del todo bien, pero apenas empezó el show, la energía fue tanta que parecía haberse olvidado por completo, como ella misma dijo. Entre el violín, las coreografías, las luces y una puesta en escena impecable, sostuvo un espectáculo con una energía impresionante de principio a fin.
Uno de los momentos más emotivos fue cuando se tomó unos minutos para enseñarnos a respirar y bajar un cambio en medio del show. También hubo guiño local: apareció con la camiseta de Messi, obviamente ganándose a todo el teatro.
Pero más allá de esos momentos, lo que más me quedó fue su alegría. Es de esas artistas que irradian entusiasmo por lo que hacen y logran contagiarlo al público. Incluso sintiéndose mal, se la veía completamente presente, disfrutando y dejando todo sobre el escenario.



