GROUPER Y LA MÚSICA DE LO INVISIBLE

Una visita que seguirá resonando en las almas porteñas

La multiinstrumentista Liz Harris, conocida artísticamente como Grouper, se crió cerca del mar en una pequeña comunidad del norte de California. Inspirada en la filosofía de George Gurdjieff, creció escuchando música clásica, recibió formación musical y recorrió desde muy temprano los paisajes naturales que marcarían su relación con el sonido. Su música recuerda al trabajo del cineasta argentino Claudio Caldini, ya que parece habitar siempre un espacio entre la presencia y la ausencia: sus canciones aparecen, se desvanecen y permanecen apenas al borde de desaparecer. Por primera vez en Argentina, tuvimos el honor de vivir su llegada al Teatro Margarita Xirgu y presenciar ese universo sonoro.

Barberelle fue la encargada de abrir la noche y resultó ser una grata sorpresa: música bañada en una luz blanca, angelical y dulce, pero con una presencia que se hace notar y no se achica. Sus capas emocionales, sus silencios y su espacialidad onírica lo-fi envolvieron todo el teatro. Una artista a la que, sin dudas, tendremos que seguirle los pasos. Tras esta presentación, comenzó a resonar un ambient de notas graves que se extendió durante la siguiente media hora, preparando al oyente para lo que estaba por venir. Las cortinas se abrieron y Liz entró al escenario para sentarse detrás de una gran mesa, ubicada en el costado izquierdo, rodeada de todo su equipo e instrumentos. Entre tantas cosas, casi no alcanzábamos a verla. Al fondo, un proyector daba inicio a la propuesta visual creada por la propia artista, nuestro acompañante durante el viaje que estaba a punto de comenzar.

Grouper cobró especial relevancia en la escena avant-garde con Dragging a Deer Up a Hill (2008), un álbum que cruza dream pop, ambient y folk psicodélico. ‘Invisible’ fue una apertura perfecta: los graves de la guitarra inundaron lentamente cada rincón. Mientras la música avanzaba, el público y la artista parecían transformarse. Nos volvimos invisibles con ella, dejándonos caer en charcos de melancolía. La música estuvo acompañada por una propuesta visual compuesta de fotografías y retazos de azoteas de estilo francés, similares a las que adornan nuestra ciudad. Quizás era Grouper volviéndose una con Buenos Aires, y nosotros no podíamos hacer más que seguirla.

‘I’m Clean Now’ y ‘Headache’, de su EP Paradise Valley (2016), no se quedaron atrás. Ambas aparecieron con más texturas que en sus versiones originales, aportando un sonido ligeramente más afilado sin abandonar esa calma tan característica de Grouper. Los bajos se hicieron sentir durante todo el concierto, mientras que el eco, utilizado en su justa medida, terminaba de construir el ambiente perfecto para dejarse llevar. Por unos minutos, parecía posible desprenderse del peso emocional, dejarlo suspendido en el aire y continuar, como quien se sumerge en el mar y eventualmente vuelve a la superficie por su propio peso, sin dar lucha.

Escuchar a Grouper en la tranquilidad del hogar, entre luces tenues, es una rendición de la mente ante la inmensidad del espacio y una protesta silenciosa contra el frenesí de la ciudad y la vida cotidiana. Uno se funde con la música y acepta, por un momento, la limitación de los sentidos. Esta sensación tuvo un énfasis especial durante ‘Vanishing Point’, seguida por la favorita de los fans y de quienes recién comienzan a adentrarse en su obra: ‘Poison Tree’.

Aquí, Liz no nos cuenta un recuerdo; nos volvemos uno con ella y con la naturaleza misma de la memoria: incompleta cuando intentamos acceder a ella en su totalidad, siempre desvaneciéndose y al borde de desaparecer. La propuesta visual era el complemento perfecto. Figuras que se repiten, una presencia que parece perseguirse desde atrás sin llegar nunca a alcanzarla, pero sin desesperación. Solo una fría melancolía que se extiende entre texturas, transparencias y superposiciones fílmicas. Como un recuerdo al que intentamos regresar, pero que, cuanto más cerca creemos estar, más lejos parece encontrarse.

La gran sorpresa de la noche fue su interpretación de ‘Heavy Water/I’d Rather Be Sleeping’ en español, lo que reforzó esa sensación de cercanía e igualdad con la artista. Mientras trazos de crayones cálidos adornaban el proyector, se podía sentir cómo la atmósfera de la habitación se dejaba caer y comenzaba a derretirse sobre sí misma. Muchas manos entrelazadas entre los presentes; el brillo de algunas lágrimas se hizo notar. Aquí, lo maravilloso de Grouper alcanzó su máximo esplendor: prescindir de las barreras del cuerpo, volverse agua y acompañarnos en la soledad. Grabar o tomar fotos de estos momentos irrepetibles parecía un sacrilegio. Nadie se animaba a hacerlo por más de unos segundos. Pocas audiencias vi tan sumergidas en la oscuridad, sin el brillo de las pantallas, como en este concierto.

Grouper concluyó la noche con una pieza nueva, de la que aún no conocemos el nombre, en la que las notas más altas y la densidad de los sonidos imitaban una tormenta marina que atravesaba los cuerpos e imponía su presencia en el recinto. Todo el acompañamiento visual anterior pareció chocar entre sí en un hermoso compilado de lo vivido durante las últimas horas, como si hubiéramos habitado un plano alterno hasta alcanzar cierta armonía. En su descenso, nos tomó de la mano: una mezcla de todo y el abrazo de la nada.

Así llegó a su fin esta maravillosa experiencia. Liz se levantó, saludó rápidamente al público con ambas manos y una sonrisa tímida, y desapareció del escenario mientras los aplausos no cesaban. Fue todo lo que esperábamos y más: irrepetible, familiar y, al mismo tiempo, muy distinta de sus versiones de estudio.

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