THE CARDIGANS: LOS ‘90 VOLVIERON A RESPIRAR

La banda sueca ofreció una hora y veinte de hits, baladas y conexión

En la puerta del Teatro Coliseo, la expectativa era enorme. La fila para entrar daba la vuelta a la manzana: una postal que no sólo hablaba de convocatoria, sino también de la vigencia de una banda que marcó a una generación.

The Cardigans fueron puntuales. Las puertas abrieron a horario y el show también. 100% profesionalismo escandinavo.

Las butacas parecían sugerir una experiencia contemplativa, acompañada por las ocasionales palmas de un público emocionado. Pero esa sugerencia iba a durar poco. Nina Persson, elegante y visiblemente resfriada, apareció en escena y saludó con esa mezcla de calidez y distancia tan propia de su personalidad. Agradeció estar en Argentina, elogió al público llamándolo “uno de los mejores del mundo” y, casi en tono cómplice, deslizó: “Qué lástima que estén todos sentados… no sé cuáles son las reglas, pero si quieren, levántense”. Las butacas dejaron de importar y la platea se puso de pie. Algunos avanzaron por los pasillos y, desde ese momento, la fecha tomó otra temperatura.

A pesar de la tos que la interrumpió entre canciones, la voz de Nina se sostuvo impecable de principio a fin. Técnica sólida, fraseo limpio y una interpretación contenida que siempre fue su marca registrada. A todo el grupo se lo veía visiblemente emocionado con cada aplauso, grito y con los “olé, olé” que llegaban del público. Intercambiaban sonrisas, miradas cómplices, pequeños gestos que evidenciaban que la respuesta argentina también los conmovía.

El repertorio fue un viaje entre baladas luminosas y hits noventosos que detonaron la memoria colectiva. Cuando sonaron ‘My Favourite Game’, ‘Lovefool’, ‘Carnival’, ‘Erase/Rewind’ y ‘For What It's Worth’, el Coliseo dejó de ser 2026 por un rato. Fue 1997, fue 1998, fue la adolescencia.

El show de The Cardigans fue una activación emocional. Hay algo en estos regresos —como sucedió también en los recientes shows de Oasis— que funciona como cápsula temporal. Es la posibilidad de reencontrarse con versiones anteriores de uno mismo. La música como puente entre quien fuimos y quien somos. Quizás eso explique la fila que daba la vuelta a la manzana, la necesidad de volver, aunque sea por una hora y veinte, a un lugar emocional seguro.

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