“Deantoni y yo tocamos lo que se convirtió en ‘Traffic Lights’ el primer día. Algo en ello me recordó a Atoms for Peace, así que se lo envié a Thom. Conociéndolo, pensé que sería un ritmo y una sensibilidad con los que se identificaría. Y tenía razón, así fue. Con una melodía hermosa y palabras sobre vivir en el ‘mundo al revés’ y cómo encontrar sentido cuando estamos recibiendo toda esta mierda falsa y real. Cada quien tiene sus formas de lidiar con el mundo. Pero él es simplemente el cabr*n más cálido, libre y jameador.” —Flea
Conocido principalmente como miembro fundador y bajista de Red Hot Chili Peppers, Flea fue introducido al jazz en vivo desde niño, cuando amigos de la familia tocaban juntos en la sala de su casa. “Fue lo mejor que he visto en mi vida,” recuerda. “La intensidad, la calidez y el ‘nosotros’ de todo. Bebop puro. Boom. Supe que había cosas más altas en esta tierra, muy por encima de la mezquindad que me había dejado desencantado. La santa trinidad de mi vida —música, deporte y naturaleza— estaba completa.”
Aunque soñaba con ser como sus héroes Dizzy Gillespie, Miles Davis y Clifford Brown, el camino de Flea tomó otra dirección: su amigo cercano Hillel Slovak le pidió que tomara el bajo y se uniera a su banda de rock cuando tenía dieciséis años, lo que lo condujo a una carrera de décadas con los exitosísimos Chili Peppers.
Pero una noche de 1991, en medio del ascenso de la banda, Flea estaba actuando en la ahora clásica película de Gus Van Sant, My Own Private Idaho, cuando le compartió a un amigo: “Quiero hacer un disco instrumental con grooves profundos e hipnóticos, melodías psicodélicas superpuestas, meditaciones sobre un groove.” La condición era que primero debía poner en forma su manera de tocar la trompeta.
Al acercarse a su cumpleaños sesenta, Flea se dio cuenta de que, si no retomaba la trompeta, probablemente nunca lo haría. Así que decidió practicar todos los días durante dos años —en medio de una gira de estadios con Red Hot Chili Peppers, con esposa y un recién nacido en casa—. Al final de esos dos años, haría un álbum, sin importar hasta dónde hubieran llegado sus conocimientos o habilidades.
Hasta Honora, Flea nunca había sentido miedo al hacer música. Le preocupaba que la banda de estrellas que había reunido pensara que era “un cabr*n que no toca, un charlatán, un poser del rock o un fan.” Pero, dice, “resultó que todos eran las personas más genuinamente solidarias, con espíritus generosos que me conmovían profundamente cada día… Sentarme en un cuarto a tocar música con ellos me hizo sentir como si estuviera drogado. Zumbaba, viajaba y flotaba por el estudio. Los amo; verdaderamente se entregaron. Les agradezco por completo.”