Cronista: Luchi Muttis
El Estadio Tomás Adolfo Ducó no se llenó de gente: se pobló de señales. Durante la media hora previa al inicio, mientras el público encontraba su lugar, las pantallas proyectaban advertencias numeradas en un idioma inexistente, rígido, áspero. Parecían reglas. Órdenes. Acompañaban melodías dulces y desconocidas. Nada sonaba familiar. Nada buscaba serlo. En el escenario, una ciudad nocturna, fría, gótica, de arquitectura monumental y lúgubre, parecía salida de una historieta distópica. Era imposible no pensar en la influencia del cantante de la banda y su participación como creador de cómics: el universo visual estaba vivo antes de que ellos pisaran el escenario.
Abajo, la escena se armaba sola. Ropa negra, delineador espeso, sangre falsa, vestidos de novia marchitos, corbatas rojas sobre camisas oscuras. Flequillos tapando parte de la cara, miradas intensas, sonrisas enormes. Personas felices con estética lúgubre. No había disfraces: había pertenencia. Porque no era nostalgia, era identidad. Todos parecían volver a casa.

A las 21 hs., ‘Mr. Blue Sky’ de Electric Light Orchestra rompió la tensión como una ironía perfecta. Hubo baile, palmas, gente cantando con un optimismo prestado. La dicotomía era hermosa: cuerpos vestidos de duelo celebrando una canción luminosa. Al final de la canción, todo se volvió silencio. En el escenario ingresaron algunos personajes vestidos de personal médico. Luego apareció la formación completa: Gerard Way en la voz, Mikey Way en el bajo, Ray Toro en guitarra principal, Frank Iero en guitarra rítmica, Jarrod Alexander en batería y un ensamble de teclados y cuerdas para ampliar la dimensión sonora. A cada uno de ellos les suministraron pastillas. En las pantallas, un líder autoritario insistía en la importancia de tomar esa supuesta medicación. La gráfica, los colores y los gestos remitían a una estética de propaganda totalitaria, constructivista, con ecos de la iconografía soviética y que My Chemical Romance ha explorado desde Three Cheers for Sweet Revenge (2004) y continuó en The Black Parade (2006). El régimen estaba activo. Ellos habían sido capturados.
El arranque con ‘The End’ y ‘Dead!’ dejó claro que The Black Parade -que lo tocaron entero y en perfecto orden- no iba a ser solo un disco revisitado, sino la columna vertebral del relato. Vigilantes recorrían el escenario, observaban, controlaban. Gerard Way hablaba poco, medido, como si cada palabra tuviera que ser autorizada. Desde lo alto del escenario, una gran pantalla con un ojo vigilaba absolutamente todo el show. No era un símbolo decorativo, era presencia constante: estaban siendo monitoreados por un estado totalitario llamado DRAAG.

Cuando llegó ‘Welcome to the Black Parade’, Gerard Way se subió a un estrado. La escena era explícita, el régimen quería usarlos como altavoz, como figura de orden para encauzarnos a nosotros, a los raros, a los rotos, a los que no encajan. Quería que sean las marionetas del dictador. Los fans marcharon al compás del tema como si estuvieran en una misa y con sus teléfonos en alto, por primera vez. Pero ahí apareció la grieta: mientras desde afuera se lo empuja al rol de salvador, Gerard se baja solo del pedestal. “Just a man, I’m not a hero”. No puede encarnar esa figura de líder. Es uno más de nosotros.
Siguió con ‘I Don’t Love You’ y la escena se volvió íntima. Yo me distraje, no les voy a mentir. No miré pantallas, ni puesta, ni gente alrededor. Solo me dediqué a sentir a la banda, la canción, el desamor y una luna llena amarilla que apareció detrás del escenario como si alguien la hubiera programado. Fue imposible pensar en otra cosa.

‘Cancer’ transformó el estadio en un espacio suspendido entre la vida y la despedida. Miles de linternas se encendieron al ritmo de una balada devastadora que pone palabras al cuerpo que se apaga. En ‘Mama’, con la aparición de la cantante de ópera Charlotte Kelso como la enfermera Sylvia, la teatralidad se volvió grotesca y excesiva: fuego, exageración, locura.
‘Teenagers’ fue uno de los quiebres estéticos más fuertes de la noche. Guardería siniestra, colores infantiles, títeres, un hombre de traje con el rostro blanco en la pantalla. Todo parecía diseñado para mostrar cómo el sistema empieza temprano, cómo el lavado de cerebro no espera a la adultez. El contraste era brutal: una canción festiva en lo musical, un mensaje oscuro en lo conceptual. La audiencia explotó. Yo también.
‘Famous Last Words’ recordó algo fundamental: My Chemical Romance nunca fue una sola cosa. No se consideran emo —y nunca les gustó ese rótulo— porque su ADN mezcla punk rock, hardcore, metal, rock alternativo. No hay pureza de género: hay intensidad.

Para finalizar The Black Parade, la escena se volvió final y simbólica. Nieve artificial cayó sobre el escenario. Una cama, vigilancia. Gerard realizó una ejecución teatral a uno de los personajes del régimen con chorros de sangre falsa y vísceras exageradas. ‘Blood’ sonó de fondo mientras todo se apagaba. Ya eran libres. Ya podían tocar otro álbum.
El interludio me pareció largo y denso, pero cuando volvieron, no fue para irse rápido. Fue para recordarnos de dónde venían y por qué estábamos ahí. ‘Na Na Na’ encendió el pogo el último tramo. En ‘The Ghost of You’ Gerard pidió prender nuestras linternas y entendí por qué la estábamos viviendo así. Miré alrededor. No éramos adultos. No éramos millennials. Éramos nuevamente pibes con el corazón roto, cantándole al amor.
‘I’m Not Okay (I Promise)’ sonó intacta, como un manifiesto adolescente que no perdió vigencia. Y ‘Helena’ cerró el ritual. La canción con la que todos nos enamoramos hace 22 años porque entendimos que no éramos los únicos. Que había más como nosotros, los raros, los rotos. La identidad que creamos cuando aún éramos niños intentando encajar en un mundo que, hasta hoy, nunca quiso que encajemos. El final del recital fue literal, “So long and goodnight.”

