JON SPENCER: SUCIO ROCK N ROLL

Nadie te hace mover las caderas como este eterno salvaje

Fotos por Pablo Astudillo / @astudillofotografias

Los caminos no son siempre directos. Lo más novedoso no es necesariamente lo más moderno. Hay veces que algo con sabor añejo se siente mucho más contemporáneo. Tal vez no sea la moda, pero es el medio indicado para expresar un sentimiento o comunicar un mensaje. Así ha sido la militancia de Jon Spencer, cuya carrera es un testamento a la rebeldía a través del rock n roll —volviendo a las raíces garage en el momento menos popular del género—. Con pura adrenalina, se adueñó de Niceto Club durante una noche tan vulgar como encantadora.

Retomando, Spencer comenzó precisamente en la vanguardia de su época. Inspirado por Einstürzende Neubauten, encaró una violenta música industrial, pero fascinado por la escena lo-fi y los cassettes alternativos que circulaban por las calles, fundó una banda para lograr eso. Pussy Galore debutó en 1986 con un infame disco versionando Exile on Main Street (1972) por los Rolling Stones. ¿Por qué es infame rendir tributo a un clásico del rock? Debido a que fue grabado de manera casera, sucia y con fragmentos de ruido violento. Recuerdo a alguien decir que si no te gusta, deberías comprarte un traje e ir a vender acciones; una afirmación tan humorosa como seria.

Sus años siguientes giraron en torno a revivir el garage y el rock directo, lejos del hardcore, metal o los sintetizadores que reinaban en los ‘80. “I don’t play the blues, I play rock n roll” [no toco blues, toco rock n roll], frase de su clásica ‘Talk About the Blues’, que interpretó de manera intensa. Pero no solo es un tema potente, sino que un mensaje: el regreso al garage y al rock rebelde con espíritu bluesero; no fueron los White Stripes quienes revivieron ese sonido por los ‘90, bandas así lo militaban hace rato. Décadas más tarde, Jon Spencer sigue siendo un outsider, pero también el faro para muchos rebeldes. Ver a los Winona Riders haciendo DJ’ing en la previa y notar sus ojos encandilados durante la noche, fue una sensación muy especial. Una muestra de cómo trasvasa generaciones la música de los rebeldes.

Jon Spencer, en formato de trío, atacó sin piedad. Con el envión de un camión por la ruta 66, en ningún momento frenó su energética performance, salvo para cambiar micrófonos baratos que quemaba entre la alta distorsión y sus hostiles agudos. Ese era el único instante de silencio, en ningún otro momento la banda paraba de tocar, con menos de tres segundos entre cada canción. La base rítmica es perfecta, pero su carisma es lo que enamora. Con cara de pocos amigos pero muchas copas, arengaba con furor al público una y otra vez. El rock and roll es esto, energía, carisma y mucho ritmo. Necesitamos más Jon Spencers en este mundo.

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