Fotos por @luczas_
Un combo transcontinental. Dos bandas muy distintas, pero que tienen sus puntos de encuentro. Poéticos y con, en mayor o menor medida, su dosis de distorsión, ambos proyectos son usinas creativas que han mutado a lo largo de los años. Blonde Redhead, con más de tres décadas de trayectoria y una discografía que ha mutado inmensamente; y Dry Cleaning, como referentes de la nueva escena británica. Unidos en su regreso a Buenos Aires, construyeron un clima único dentro de C Art Media.

El comienzo del show de Dry Cleaning fue sumamente accidentado, porque intentaron interpretar ‘Sliced by a Fingernail’, pero la guitarra se negaba a atacar. Volvieron a comenzar y nuevamente falló. Se lo veía frustrado a Tom Dowse, quien se descargó con un grito al aire cuando, finalmente, la tercera fue la vencida. A tres años de su primera visita (una tecnicalidad por cada año que estuvimos separados), la banda realizó una presentación muy diferente. Tocaron muy poco de su aclamado debut, New Long Leg (2021), y en cambio interpretaron en su totalidad su más reciente disco. Quedó claro que Secret Love (2026) es mucho más que lo que podemos encontrar desde nuestras casas, principalmente por la energía del impresionante bajista Lewis Maynard.
Ciertas cosas no cambian: sus arengas se mantienen furiosas. Se nota cuánto disfrutan del público argentino, y nosotros de ellos. Diría que el punto más alto de la presentación fue la extensa versión de ‘Conversation’, que derivó en un cierre repleto de bello y furioso ruido. Sin bis, concluyeron y dejaron el escenario caliente para que Blonde Redhead tomara su lugar.

Al igual que los británicos, Blonde Redhead se enfocó principalmente en su más reciente trabajo. En su segunda visita, se dio una casualidad que ni siquiera queriendo planificarla habría sido posible: tocaron exactamente 14 años después de aquella mágica noche en Niceto Club. Otro 29 de septiembre en el que nos invaden con su fascinante mundo musical, que ha atravesado capítulos muy distintos a lo largo de las décadas. Lejos quedaron las épocas más noise, pero su dulzura viene cargada de una distorsión sin paralelo. Sit Down for Dinner (2023) representó un quiebre con sus álbumes más recientes, pero también con su propia discografía. El hecho de que un grupo logre entrar en una nueva etapa tres décadas después de su debut y que esta sea tan rica es tan atípico como admirable.

La belleza en el caos puede dejar anonadada a un alma sensible. Con mi amiga Cati nos mirábamos, sin poder comprender la emoción que generaban en nosotros. Más tarde, en la parada de la línea 111, continuamos en shock. No teníamos palabras para describir lo que nos hicieron experimentar, casi como un catalizador que activó algo en nuestras almas. Uno de esos shows, extremadamente atípicos, que movilizan nuestras fibras internas. No es solo mover la cabeza o bailar: es una emoción que va más allá. Esos agudos reverberaron en nuestros corazones.
De todos modos, en lo que fue el post show y a partir de los comentarios que recibí de conocidos, me sorprendió lo dividido que estaba el público. En su mayoría, vinieron por una de las dos bandas, y la otra les resultó insípida. Afortunadamente, para mí, ese no fue el caso.
