BORIS: EL ARTE DEL RUIDO

En su primera visita a Buenos Aires, los japoneses no decepcionaron

Fotos por Gaston Nahuel Chiacchiari / @gastonahuelch

Año a año, uno de los géneros con más lanzamientos es el metal. Es un universo inmenso, pero si no sos parte del mismo, probablemente no te enteres de la salida de más de tres discos en el periodo en el que en realidad salieron 400. En los últimos 30 años se ha dado una inmensa evolución en la variedad de subgéneros. No solo aparecieron sus formas más extremas en el death, black o grindcore, sino también en conceptos experimentales basados en el noise y el minimalismo. Pero existe un proyecto que encarna toda esa variedad: los japoneses Boris. Desde doom y stoner hasta drone y crust. Siempre variados, pero también consistentes. Finalmente llegaron a Buenos Aires y El Teatrito vivió una misa pagana.

Intentando encontrar un lugar óptimo para ver el show, escuché a una chica vistiendo remera de Iron Maiden decir: “La mezcla de gente hoy es rarísima”. Y tenía razón, era uno de los ambientes más heterogéneos en conciertos que viví en tiempos recientes. No tanto desde lo etario, ya que principalmente eran personas entre 25 y 40, pero sí en su «onda». Remeras de Can y de Napalm Death. Gente plenamente del metal y otros de lo experimental; un buen resumen de lo que representa la banda. 

A modo de previa, y tras la presentación de Dronego llegó el momento de los míticos Ararat. Liderados por Sergio Chotsourian, realizaron una performance hipnótica a la altura de su historia. La banda nipona no desaprovechó la oportunidad para, horas más tarde, compartir una historia en su instagram, agradeciéndole y pidiéndole un regreso de su ex banda Los Natas (tal y como deseamos tantos de nosotros). 

Cuando finalmente se abrió el telón, Takeshi, Wata y Atsuo tomaron sus lugares. Sonó el gong y vibró ‘Blackout’. Un comienzo apropiado para la celebración de los 20 años de su clásico Pink (2005), disco que fue el centro de la velada. De todos modos, probablemente conscientes de que era su primera visita, le sumaron mucha variedad al set como las violentas canciones de Akuma no uta (2003) e incluso lisérgicas experimentaciones como ‘Rainbow’ y ‘The Evilone which Sobs’.  

Ese particular balance entre momentos de pogo y secciones de introspección tal vez alienaría a muchísimas audiencias, pero este público lo comprendía a la perfección. En términos sonoros, y más aún considerando que es un venue con acústica limitada, fue algo exquisito. Las vibraciones estaban en el punto perfecto, y a diferencia de otros grupos que encaran estos estilos, no abusaron del volumen. Cada distorsión se sentía limpiamente sucia. Un pulido propio de alquimistas de los sonidos, puristas del ruido. 

A modo de cierre, interepretaron fragmentos de su magnum opus (acorde a quien escribe), el maravilloso Boris at Last -Feedbacker- (2003). Un extenso medley que, a pesar de dejarnos con ganas de más, ya era imposible reclamarles algo más. Una vez terminado el show nos quedamos reflexionando sobre la propia comprensión de los caminos que debe seguir la música. Es maravilloso ir a un recital de pura adrenalina, pero estas vivencias dejan una huella mucho más profunda; se construye a partir de lo que se destruye.

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